LA LEYENDA DE LA CALLE DE
“EL RESBALÓN”
A mí no me lo crean porque no me consta, pero como me lo contó don Mincho “costalazo”, y dizque a él le sucedió, pues yo se los paso al costo. Hay ustedes habrán de perdonar, si es que no es así.

Cuenta, que hace muchos años, cuando él era joven, no le apuraba nada, era mujeriego, parrandero y bebedor. No tenía que trabajar, su situación económica era bastante desahogada y, por lo mismo, la única preocupación en su inútil vida, era derrochar el dinero producido por sus padres, que eran dueños de los mejores magueyales de allá por el barrio de la “Cueva de Tío Ticho”. Su mamá sufría mucho, ya había secado sus ojos de tanto llorar, porque veía con desconsuelo la vida displicente que llevaba su hijo. Derrochando el dinero a manos llenas en vicios y mujeres. Todas sus actividades las realizaba de noche y, donde estaba el escándalo, allí estaba él. Empezó por no respetar a la gente, dejó de obedecer a sus padres y por último extravió la senda que lleva a Dios.

Su madre soñaba con el día en que aquel rebelde mocetón sentara cabeza y regresara por su propio pie al buen camino; y, si de paso, decidiera hacerle caso a la hija de su compadre Chon, que era una muchacha decente y de buenas costumbres, pues ni cosa mejor.

Fuera de su costumbre, un sábado muy temprano Mincho se montó en su yegua retinta, pasó por el centro de la ciudad a comprar algunas cosas para comer, cigarros y dos litros de “comiteco”; y salió con rumbo al Barrio de La Pila, pues en ese lugar vivía una jovencita que lo traía loco de pasión. Él esperaba que con aquellos presentes, el anciano padre de la chica accediera a que su hija fuera cortejada por este no muy aconsejable pretendiente. Pues, para su mala suerte, su fama de mujeriego y bueno para nada era muy conocida en toda la ciudad.

Con estos antecedentes, le era muy difícil hacer creer a la dama, en la sinceridad de los sentimientos que inflamaban su corazón. Pero algo extraño estaba sucediendo, sentía que por primera vez hablaba con la verdad.

Al caer la noche, según él, las notas de la marimba serían las mejores mensajeras de sus penas de amor. Pero ¡cuán equivocado estaba!, pues ni la calidez de las dulces melodías pudieron romper aquella férrea resistencia y no logró sacar ni una sola esperanza, mucho menos una promesa de los labios de la joven.

Esto hizo que entre canción y canción el enamorado empezara a tomar largos y profusos tragos de licor. Cuando la obscuridad de la noche avanzó con su manto de silencio, los músicos decidieron terminar aquella serenata. El apasionado joven, todavía estuvo algunas horas hablando solo junto a las ventanas del balcón.

Al llegar la madrugada, empezó a correr un aire frío y su yegua retinta, resoplando, demostró su nerviosismo. Mincho decidió que era tiempo de regresar a su casa. Se montó en su noble animal y con paso lento inició el recorrido de vuelta.
Iba pensando en su negra suerte, cuando al pasar frente a los chorros de agua de La Pila, vio a una mujer joven y guapa, que al mismo tiempo que peinaba su larga cabellera cantaba con dulce voz una canción hermosísima.

Mincho sintió un escalofrío que sacudió todo su cuerpo, pero se dijo asimismo, que él era un hombre sin miedo y las copas que llevaba entre pecho y espalda le ayudaron a confirmar esa forma de pensar y le dieron más valor. Por un momento creyó estar soñando, pues no recordaba haber visto antes a esa bella mujer. Desmontó y con paso tambaleante se fue acercando a la dama que estaba de espaldas inclinada sobre las piedras del arroyo. Entre la luz de la luna y el brillo de las aguas pudo observar aquel bello rostro. Hizo el intento de hablarle, pero en ese momento la bella figura se puso de pie y empezó a caminar rumbo a la calle de El Resbalón, no sin antes invitar al trasnochado a seguirla con un movimiento de cabeza. Mincho no pudo resistir el encanto de esa insinuación y fue caminando tras de aquella irreal belleza.

Por largo rato la estuvo siguiendo y no podía darle alcance, hasta que la vio entrar a una casa vieja: Lo extraño fue que lo hizo sin abrir las puertas. Mincho apresuró el paso con la intención de ver por última vez aquel rostro, buscó una rendija y observó con espanto que el rostro bello se había convertido en la cara de la muerte.

Salió corriendo como loco por la impresión y quedó tendido en la calle de El Resbalón, justo antes de llegar a la esquina. Gente caritativa lo encontró tirado y, pensando que era el remate de una más de sus juergas, lo llevó a su casa.

Durante varios días no volvió en sí. Cuando pudo contar lo sucedido, nadie volvió a pasar a deshoras de la noche por aquella calle, y mucho menos Mincho, que cuando iba a ver a su enamorada regresaba tempranito. Por cierto, la chica ya le había dado el si, al ver que Mincho había regresado a las buenas acciones.

Derechos Reservados. Enero de 2002
D.R. © Profr. y Lic. José Luis González Córdova

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